Del egocentrismo (Hiperreflexión), a salirse de sí mismo (Autotrascendencia), a través de la ayuda mutua.

Del egocentrismo (“Hiperreflexión”), a salirse de sí mismo (autotrascendencia), a través de la ayuda mutua.

Publicado por gruporenacer

Por Alicia y Gustavo Berti

Recopilación realizada por Enrique Conde de contenidos de charlas y escritos de Alicia Schneider y Gustavo Berti en los cuales se amplían los conceptos expresados en “Esencia y fundamentos de Renacer como grupo de ayuda mutua”. Incluídas en el libro “Tributo a Renacer a Renacer a los 23 años de su creación“

Según la visión de V. Frankl, el análisis del sufrimiento no ha de enfocarse desde el punto de vista “qué es”, sino “cómo es”, método en que está implícito el dedicarse al fenómeno humano del sufrimiento, antes que a las emociones y sentimientos que son derivados del fenómeno originario que es el sufrimiento.

Nada hace más egoísta al hombre y más cerrado en sí mismo, que el hecho de sufrir, pues para el hombre que sufre es sólo él y su dolor, no existe el sufrimiento de la humanidad; en ese momento es solamente su dolor.

En las situaciones límites, en los casos de intenso sufrimiento, en las
conmociones existenciales, toma lugar un verdadero aislamiento existencial; desaparece el mundo circundante que rodea al ser sufriente, no desaparece sólo su significado, sino el mundo mismo y es capaz de hacerle experimentar la nada, en su plenitud y puede observarse como desaparece el “hacia” de la auto-trascendencia humana; es como una puesta entre paréntesis del mundo que lo rodea.

En este reduccionismo en que el ser sufriente ha quedado atrapado en su dimensión psicológica, la dificultad existencial no reside en desde dónde trascender, pues es hecha desde el propio hombre, sino que reside en hacia dónde hacerlo.

Allí es cuando adquiere relevancia la “ayuda mutua” pues ésta consiste, precisamente, en salirse de uno mismo hacia otro ser humano, hacia un hermano que sufre.

Es necesario entender al sufrimiento como un fenómeno patrimonio de la humanidad entera, tal como lo es la muerte y la angustia y no como un fenómeno sólo del hombre que lo está viviendo.

Es importante el análisis del sufrimiento, como algo esencial de la humanidad y como una plataforma desde la cual estudiar la posibilidad de asumir una actitud, que desconectándose de sus propias vivencias, reconozca la capacidad para oponerse a cualquier condicionamiento, ya sea físico o psíquico, lo que representa un salto hacia la dimensión espiritual del hombre.

Salto que puede considerarse como una situación de desapego con una intencionalidad concreta: el preocuparse por otro ser sufriente que hace posible el distanciamiento del propio yo sufriente.

Según Frankl, el hombre arrojado a esta nada existencial, se enfrenta a dos posibilidades extremas: o permanece en profundos estados llamados de egocentrismo (hiperreflexión) o se re-encuentra con la auto-trascendencia propia de su ser que designa como derreflexión.

El egocentrismo (la “hiperreflexión”)

Encerrarse en sí mismo o estar mirándose sólo el ombligo, puede ser visto como un fracaso en el intento de reconquistar el ser desde esa nada a la que ha sido arrojado. Es deficitaria, dado que continúa ausente el mundo, es decir el “hacia” o el “a dónde” de la trascendencia.

En este caso, puede verse al sufrimiento como un anclaje existencial en la soledad absoluta de la individualidad, o como la imposibilidad de poder salir de hechos que le pueden suceder a un ser humano, los que impregnan el ocurrir del mundo. Así, el ser sufriente, habiendo perdido la existencia del ser del mundo en el cual es, se refugia en sus propias experiencias, dando lugar a estados de egocentrismo (hiperreflexión) de los que no puede desapegarse.

El hombre se ve inmerso en una ocupación egoísta en sí mismo, una especie de auto-contemplación psicológica perpetua, que conduce a disecar su vida anímica en la que las emociones se aferran a él, lo poseen y lo posicionan en su mundo interior.

La conciencia, que sólo puede ser considerada como «conciencia de», en estos casos es, rápidamente, transformada en «conciencia de dolor». De aquí en adelante todas las experiencias y vivencias de ese ser sufriente serán percibidas, a partir de un estado de conciencia uni-intencional, la «conciencia de dolor» en la que el «hacia donde» de cada acto remite a la propia interioridad de la persona.
Bernanos, en su libro Memorias de un Cura Rural, describe la pérdida de la trascendencia en la voz de su personaje principal: “Hoy he rezado sólo por mí. Dios no vino”

Ante cada nueva situación que se presenta, se reacciona siempre de la misma manera. Esto tiene vigencia en los Grupos, particularmente, cuando algún integrante hace gala de una actitud fatalista ante el sufrimiento o, en términos psicológicos, asume conductas cristalizadas ante él.

Salirse de sí mismo (derreflexión)

La otra posibilidad es la de emerger como un nuevo hombre, como un hombre capaz de trascenderse, sin perder su ser en el proceso.
Estamos hablando, en otras palabras, de la derreflexión frankliana, como un proceso mediante el cual el hombre debe “volver” a su ser para conocerlo, y, a posteriori, olvidarlo nuevamente, haciendo realidad ese auto conocimiento de los valores humanos propios que habían permanecido larvados y desde su nuevo ser, usándolo como plataforma, desplegarlo en una nueva actitud trascendente.

Esto es la puesta en práctica de lo que en filosofía consiste en el pasaje del plano caracterizado por el excesivo reflexionar sobre un sentimiento, al plano metafísico en el que, ese mismo sentimiento, es visto desde afuera, como espectador desinteresado, desapegado de ese particular estado de involucramiento con los hechos que impregnan el ocurrir del mundo. Sin embargo, aún es necesario otro paso para que la auto- trascendencia se lleve a cabo, que es la presencia de un “hacia donde” trascender.

Dicha presencia es la de un «Otro» con su reclamo inescapable y mediante la cual ese espectador desinteresado, es capaz de salirse de sí mismo sin aniquilarse, sin perder su ser pero des-hechizado de él, en palabras de Levinas.

Nietzsche dice que quien alcanza su ideal, precisamente, por ello va más allá de él mismo, en otras palabras, se trasciende a sí mismo.
La ayuda mutua es el ámbito adecuado para que el hombre doliente despliegue la auto-trascendencia, propia del ser humano, entendida como la salida del egocentrismo (hiperreflexión).

En la ayuda mutua ese ideal que menciona Nietzsche, es el Otro que sufre y necesita de nosotros y en ese requerir, está implícito no sólo un trascender orientado “hacia” el otro ser sufriente, sino un “regresar” a su propio ser, para asumir una actitud trascendente no sólo “desde” sino “hacia” él mismo.

Una actitud que lo haga elevarse por sobre sus propias emociones y sentimientos, puesto que lo requerido, es que se cambie a sí mismo, que se levante por sobre su dolor, para ayudar al otro ser que sufre, para lo cual es necesario que deje atrás su propio dolor y asuma una actitud que trasunte amor y paz interior.

Así, podemos pasar, casi sin darnos cuenta, del egocentrismo (hiperreflexión), la ayuda mutua mediante, a la libertad, a través de la auto-trascendencia.

El significado de la presencia del Otro

En los Grupos de ayuda mutua, aparece la presencia de otro ser sufriente, con la dimensión de fenómeno, con un brillo propio tan intenso que no puede ser ignorado, otro rostro que requiere; que más que requerir, demanda atención y con él aparece nuevamente el “hacia” de nuestra intencionalidad, un “hacia donde”, “hacia quién”, que facilita la derreflexión frankliana, como instrumento de la auto-trascendencia a reconquistar.

A lo largo de los años, en reuniones mantenidas con diferentes Grupos RENACER de Argentina, Uruguay, Chile y España, hemos hecho una misma pregunta a los integrantes de los Grupos, una pregunta en cuyo preguntar se abre el camino, no sólo a una adecuada comprensión del fenómeno de la ayuda mutua, sino a la experiencia del Otro como igual.

Esta pregunta es: ¿cuál creen ustedes que es el requisito fundamental para la existencia de la ayuda mutua? ¿Qué es aquello sin lo cual la ayuda mutua no podría existir? Solíamos obtener respuestas de la más variada índole, aunque ahora con el pasar de los años se ha comprendido su significado. Así, por ejemplo, alguien decía ¡El amor!, otro ¡El sufrimiento!, mientras que un tercero replicaba ¡Un lugar para reunirnos!

En ese momento se imponía un breve paréntesis para que todos pudieran sopesar las respuestas y crear una adecuada expectativa, en el ambiente que, en tensión la esperaba, momento en el cual dicha respuesta tomaba vida: ¡El requisito indispensable para la ayuda mutua es… la presencia de un Otro!

¡No puede haber ayuda mutua si estoy solo en el lugar de reunión!
Por esta razón, es que debo cuidar más al Otro que a mí mismo, es el Otro el que permite y facilita el despliegue de mi trascendencia. Es el Otro que me interpela cara a cara, cuya presencia es experiencia antes que palabra, experiencia de un sufrimiento compartido, que no puedo rechazar ni negar a riesgo de negarme a mí mismo.

Esta experiencia del Otro, que brilla con luz propia imposible de ignorar, abre las puertas al problema de la intersubjetividad.

Esta experiencia, se da en toda su plenitud en el mundo común del sufrimiento, en la que ambos, mi propio yo y el Otro, comparten absolutamente la misma experiencia.

El camino al aislamiento, que se había planteado al comentar la reducción existencial, queda anulado en la ayuda mutua, en la medida en que se comparte la experiencia “existencial” del Otro y se produce el salto del egoísmo a la trascendencia del propio yo, propiciada por esa experiencia.

En la auto-trascendencia del hombre, la presencia del rostro que me reclama, es donde la ayuda mutua adquiere su peso conceptual, al reconocer que el individuo concreto sólo puede ser rescatado por una salida hacia el Otro, motivada únicamente por la dimensión de lo ético.

La auto-trascendencia, consiste en desconectar a la persona de sus propias vivencias, para observarlas como vivencias universales, esta capacidad de todo ser humano de desconectarse, desapegarse de emociones propias, es una de las formas de manifestación del espíritu.

Para Frankl, el espíritu como tal, debe ser necesariamente libre para ser facultativamente a-intencional o, dicho en otras palabras, la a-intencionalidad es la demostración de la absoluta libertad del espíritu.

Cuando una persona que sufre una crisis existencial llega a un Grupo de ayuda mutua, lo hace con todo su sufrimiento encima, no con el de la humanidad. El hecho inicial, de encontrarse con 40 o 50 personas, que están experimentando la misma crisis existencial, tiende, automáticamente, a elevarla por sobre sus emociones y sentimientos y hacerle ver a ese sufrimiento, como un fenómeno perteneciente a la humanidad, como algo inherente a la esencia del hombre.

La resignificación del sufrimiento como esencial humano, se refleja en la conocida frase común a los Grupos de ayuda mutua: “Dolor compartido es dolor diluido”, frase que en realidad significa que la percepción de la universalidad del dolor facilita la aceptación individual.

Lo esencial reside en el sufrimiento como fenómeno humano común a todos los hombres, mientras que lo existencial, reside en la manera individual de sufrir, en vivir el propio sufrimiento sin escaparle, sin negarlo, sin considerarlo una enfermedad.

La esencialidad del sufrimiento, ha sido notablemente transmitida por Buda a través de la descripción del carácter ineludible del sufrimiento, la vejez y la muerte.

La importancia de esto, desde un punto de vista práctico para el funcionamiento de un Grupo, reside en que la puerta hacia la derreflexión se abre de una manera espontánea, a partir de la comprensión, intuitiva, del sufrimiento como aspecto esencial del hombre.

Frankl, ha insistido en que en la eterna dialéctica entre el hombre y la vida, donde la vida es quien pregunta y el hombre es quien debe responder.

A partir de este enunciado, tenemos derecho a pensar que la respuesta del hombre debe tener el mismo o mayor valor o jerarquía que el interrogante, de lo contrario la vida tendería a la involución y no a la evolución. Esto contribuye a confirmar la aseveración de Frankl que el hombre común y corriente que forma parte de cada cultura, tiene un conocimiento a priori de los valores, como si estuvieran larvados, que lo guían siempre hacia adelante, hacia un futuro mejor, hacia una búsqueda de sentido en tales interrogantes, como una brújula que apunta siempre al norte.

La culpa, la muerte, el sufrimiento

Si a lo largo de esta línea de pensamiento, tomamos a los grandes existenciales del hombre como son la culpa, la muerte, el sufrimiento y los analizamos desde la doble perspectiva de fenómenos específicamente humanos y de interrogantes, tenemos entonces que la respuesta debe ser, en primer lugar, mediante otro fenómeno, también específicamente humano, y, en segundo lugar, debe ser cualitativamente igual o superior al fenómeno planteado como interrogante y, de esta manera, llegamos a la dignidad, el amor y el servicio, como aspectos del sentido que yace oculto tras todo sufrimiento y se muestra en toda su luminosidad la libertad humana, que reside en su capacidad de desocultar esa verdad, ese sentido y darle vida sin alterarlo, sin desmerecerlo, sin reducirlo.

Finalmente, en la medida en que el carácter esencial, tanto del sufrimiento como de la respuesta al mismo, pueda ser percibido por los integrantes de un Grupo, será factible, asimismo, la percepción fenomenológica del Grupo, como una entidad común, como la “constitución intersubjetiva de un mundo común y, en tal sentido, objetivo” y factible de ser percibido de igual modo por cada uno de los integrantes.

Setiembre de 2007

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